Pensar en la dispersión (encuentros con Franco Ingrassia en Madrid, diciembre 2010)

Introducción:

Arrancamos sobre todo desde una sensación. La sensación -cotidiana, íntima, política- de que la realidad está como en desintegración. De que conservar cualquier vínculo requiere un esfuerzo casi sobrehumano. De que lo colectivo o lo común se nos hace muy cuesta arriba o, directamente, tarea imposible. De que las cosas no acumulan, ni sedimentan. De que no hay tiempo para casi nada. De que volvemos a empezar desde cero una y otra vez. Es como si estuviéramos viviendo en una catástrofe que tuviera lugar poco a poco, a cámara lenta.

La invitación es pensar juntos esas sensaciones, como un problema que no es privado ni pasajero, sino una marca de nuestra época. Un problema colectivo y común, aunque a cada unos nos afecte también personal o íntimamente, cuando vemos cómo se deshacen los vínculos afectivos sin que haya ninguna ruptura de por medio, cuando nos sorprendemos estudiando largamente la propia agenda tratando de localizar un hueco libre, cuando nuestra propia atención estalla en mil pedazos.

Empezamos por ponerle un nombre al problema: lo llamaremos dispersión. Y os proponemos pensarlo como una especie de “nuevo suelo” de la vida contemporánea, que resulta de las inmensas transformaciones que ha conocido el mundo desde hace cuarenta años. Un suelo que, a diferencia de otros en el pasado que (para bien o para mal) daban marcos de referencia y un lugar en el mundo, casi más bien se parece a unas arenas movedizas:

en las que vivir y elaborar sentido a la propia vida exige el esfuerzo constante y agotador de hacer y rehacer constantemente las cosas.

en las que todos buscamos una intensidad del vínculo con los otros que trascienda el simple conectar/desconectar que es hoy la posibilidad más cómoda, más fácil.

en las que los proyectos políticos de transformación social están metidos en un verdadero impasse, desorientados en un mundo que, no dejando de cambiar, no se deja cambiar.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Y desde esas arenas movedizas, qué podría significa pensar juntos, cómo se hace lo común, cuál puede ser el papel de una institución, qué posibilidades de emancipación nos brinda el arte, son algunas de las preguntas.

La apuesta de estos talleres es tomarnos en serio esta hipótesis de la dispersión y tratar de pensar a fondo hasta dónde nos lleva. Lo haremos con la ayuda de Franco Ingrassia, activista e investigador independiente de Rosario (Argentina) que lleva algunos años ya pensando y procurando pelear desde ahí. En diálogo y conversación con distintas personas implicadas en experiencias vivas en la ciudad de Madrid que lidian día a día con la dispersión: prácticas políticas, institucionales, estéticas, de pensamiento, todo junto y revuelto, etc.

Los talleres son abiertos y gratuitos, todo el material que se genere ensanchará el procomún protegido por alguna licencia creative commons. Y se realizarán en el CSA La Tabacalera, un espacio ideal para aterrizarlos porque precisamente allí la dispersión estalla con toda su potencia y también sus problemas (la dificultad de lo común, de la organización, de la contaminación…).

Pensar juntos, abrirse a lo no sabido y a la escucha de los otros, como un desafío a la dispersión que nos confina a “cada cual en su mundo”. Pensar la dispersión, no desde la nostalgia de lo centralizado u homogéneo, sino sobre todo desde el propósito de inventar caminos para entenderla, habitarla, intervenir en ella. Desde el deseo político de promover más y más capas y planos de autoorganización social, esto es, más “autodeterminación existencial colectiva”.

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2 Responses to Pensar en la dispersión (encuentros con Franco Ingrassia en Madrid, diciembre 2010)

  1. amadorfs says:

    “La asamblea es un dispositivo de pensamiento. Pero este dispositivo no tiene expositor ni espectadores. Tampoco dispone de saberes y opiniones. Más bien, están suspendidos y sólo serán convocados de ser necesitados. Mientras el evento institucional se organiza desde el saber y/o la opinión, la asamblea nace a partir de un problema compartido. Y en torno a ese problema se constituye. En este sentido, lo que hace lazo en la asamblea es un problema coincidente. En este sentido, el lazo en la asamblea es inevitablemente problemático y situacional. Que el lazo sea problemático y situacional significa que la asamblea se arma en un punto de no saber colectivo. Ahora bien, este no saber no describe la ignorancia de los allí reunidos respecto de un área específica. Este no saber describe un problema impensado y compartido por los allí reunidos. En ese terreno donde el saber y la opinión son estériles, hay posibilidad de que la asamblea se constituya en dispositivo de pensamiento” (Ignacio Lewkowicz y otros, “Del fragmento a la situación”)

  2. Pigasus says:

    “-Me ha sorprendido una cosa de su libro: el filósofo, dicen ustedes, no discute. Su actitud creadora no puede ser más que solitaria. Significa una gran ruptura con todas las representaciones tradicionales. ¿Piensan ustedes que no debe discutir tampoco con sus lectores, con sus amigos?

    – Ya es bastante difícil comprender lo que dice uno solo. Discutir es un ejercicio narcisista en el cual cada uno se pavonea por turnos: enseguida, ya no se sabe de qué se habla. Lo difícil es determinar el problema al cual responde tal o cual proposición. Ahora bien, si se comprende el problema que alguien plantea, no hay necesidad alguna de discutir con él: o bien se plantea el mismo problema, o bien se plantea otro y lo que se necesita es avanzar por cuenta propia. ¿Cómo discutir si no se tiene un fondo común de problemas? Y ¿por qué hacerlo si ya se tiene ese fondo? Tenemos siempre las soluciones que merecemos de acuerdo con los problemas que planteamos. Las discusiones suponen mucho tiempo perdido en problemas indeterminados. Otra cosa son las conversaciones. Hay que conversar. Pero hasta la conversación más breve es un ejercicio altamente esquizofrénico, que tiene lugar entre individuos que comparten un fondo común y gran inclinación a las elipsis y los atajos. La conversación tiene que ver con un reposo interrumpido por largos silencios, puede dar ideas. Pero la discusión no forma parte, en ningún sentido, del trabajo filosófico. Nos aterra la fórmula ‘Discutamos un poco’.” (Deleuze/Guattari, 1991)

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